Donde las calles no tienen nombre (parte 2)

(Por Fausto Manrique) Luego de haber desenfundado el equipaje en la habitación, decidimos disfrutar de la playa del hotel. Nada más cómodo que pedir comida o bebida y cargarlo a la habitación. Engañamos el apetito con unas “French fries” (simples papas fritas), con kétchup Heinz, unas cocas light con mucho hielo y rodajas de lima (no hay como la Coca-Cola light con limas), y unas cervezas Tsingtao (la cerveza China más vendida del mundo, fundada por alemanes).

Dedicado a la memoria y el cariño de Juan Cabutti Co fundador de William Brown.

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Un sanjuanino, casado con una mendocina, dándose un chapuzón en el Mar Índico. Mar de agua tibia y turquesa. Agua que no refresca, pero que sí relaja y cura. Una exquisita siesta cuyana bajo una palmera. Una siesta traicionera, complotada conun jet lag que nos seguía acechando después del noveno día. 

El brazo acalambrado y el cuerpo adormecido reposaban sobre un pareo de Batik Balines. Un paracetamol de apellido alemán. La cabeza apoyada sobre unas ojotas con la bandera de Brasil. La cara tapada con una remera de los All Blacks. Un Ipod traído de Estados Unidos. Unas gafas para el sol de marca norteamericana, pero que seguro las fabricaron en Malasia. Y así, entre el capitalismo, la globalización y las costumbres particulares de cada región, país, provincia o familia, me pienso y luego existo:

El mundo es de la humanidad y las tierras de quienes las habitan… a los habitantes de esas tierras los podríamos clasificar como permanentes, temporarios o turistas. Por ende, si la intención es la de pasar como un “local people”: a donde fueres, ¡haz lo que vieres!
 


Hora de volver a la habitación y tomar una ducha para salir a cenar. Ups. El agua de la ducha del cuarto del hotel es salada. Claro, es una isla ecológica y el agua dulce es un bien muy escaso. En ese momento pensé en que somos ricos, y no lo sabemos.

El agua salada no baña. El Shampoo no hace espuma. El jabón de tocador con formula de crema humectante, no humecta. Y el dentífrico… ufff, qué difícil. Con el dentífrico no pudimos respetar los cánones ambientales.  

Partimos en busca del lugar para cenar. La marea había subido y ya casi no había playa. Ahora eran solo los barcitos y la calle sin carretas (ya había finalizado el horario de comercio). La isla invitaba a caminar a paso lento, pispiando la carta de unos, la estética de otros. Los solteros en las barras, las parejas en las mesas. Deambulábamos por la Gili Island, sin temor a perdernos. Nos sentíamos locales, aún cuando los mozos nos hablaban en italiano, en inglés, en francés, y sin que nadie nos sacara la ficha de que éramos argentinos.
 


Había muy buena onda en el ambiente, y también había olor a bronceador, a Hawaiian Tropic de coco. El olor dulce se intensificaba a medida que los bares se agolpaban. ¿Por qué olía todo a coco? Hasta que llegamos a una especie de grill/parrilla, donde podías elegir tu pez o tu langosta. Sumergidos en una gran pecera y sin tanto preámbulo, del estanque a las brasas, sin escalas.

Y entonces, finalmente, la respuesta a mi insistente pregunta: el elemento de combustión utilizado a modo de leña, era la cáscara de coco. Tengo que admitir que los primeros días, en los horarios de la cena, la isla olía rico. Pero al quinto día, todo olía ahumado. Intensamente ahumado. 
 



Decidimos probar la especialidad del lugar. Langosta, asada / ahumada, con cáscara de coco. Aplaudan, aplaudan y no dejen de aplaudir. Elección de salsas y acompañamientos para coronar el plato. Infaltable, salsa de chile verde, de chile Habanero (con J y con v, se dice que el chile Habanero en realidad es Javanero, procedente de la Isla de Java, Indonesia, y que por deformación de la palabra, se terminó denominando Habanero). Lo loco es que en la Habana de Cuba no hay producción de este tipo de ajíes.

Para no pecar con el picor, elijo que a mi langosta la terminen con butter, garlic and pepper. Poniendo en valor de que a veces, menos es más.


 

Terminada la cena a la luz de las velas, nos decidimos ir en búsqueda del rock en inglés, ese que escuchábamos a lo lejos, como si viniese de otra isla. Conforme nos acercábamos, el comportamiento de consumo se iba modificando. De las mesas con velas, pasábamos a los “Guiris” tomando cerveza del pico en el medio de la calle. Varios bares con narguiles sobre las mesas. La música cada vez más fuerte, y cada vez más gente amontonada. Sonaban los Killers con Human. La gente cantaba las canciones y se movilizaba en la misma dirección, la dirección de donde provenía la música. En busca del dueño de la flauta mágica. Hipnotizados. Hasta que de pronto, encontramos la caja musical: un típico bar de playa.
 


Un bar de playa hecho y derecho. De madera y paja. Reposeras para ver el atardecer sobre la arena. Mesas y sillas altas, más cerca de la calle. Heladeras vitrinas repletas de cerveza. Un barman haciendo malabares con botellas. Un asiático oficializando de DJ, que solo ponía clásicos en inglés. Un hit tras otro. Un par de hippies escupiendo fuego por la boca. Gente, gente y más gente. Ciudadanos del mundo mundial, cada uno con su look. Eran la mejor decoración de ese chiringuito de playa, ese chiringuito de isla.

Todos agolpados en busca de su cerveza personal para brindar eufóricos. Como si en un par de horas, la carroza se convirtiera en calabaza. O como si al grupo electrógeno se le acabara la nafta.

Ahora sonaban los Strokes con Reptilia.Y a continuación los Kings of Leon, con su The King of the Rodeo… y todos éramos uno.

Busco la caja. Necesitábamos tomarnos una birra antes de irnos a dormir. Queríamos ser parte de esa efervescencia de isla, de esa fiesta. Como la fiesta de la película “La Playa”, con Di Caprio.

Mientras avanzaba la fila, aprovecho para mirar las pizarras con los precios y promos. Para completar mi felicidad plena, me doy cuenta de que este bar de playa, no es ni más ni menos que un Irish Bar, un fucking Irish Bar at the beach.

Entre la cajera y el DJ, visualizo a un colorado que oficializaba de director técnico y de relaciones públicas. Un colorado con camisa floreada, bermudas y flip flops. Llego a la barra, pido mi cerveza y pido dos medidas de Whiskey Irlandés. El colorado se da vuelta para atenderme, me pasa la cerveza y luego me sirve las medidas de Whiskey. Lo miro a los ojos y le digo“Slàinte Mhath!”Le paso un shot a él y el otro me lo quedo yo. For Irland and Argentina! Fondo blanco. El Irishman nolo podía creer. Fanático del vínculo argento – irlandés, dio media vuelta a la barra y salió para hablar conmigo. Extasiado le conté que tenía un bar Irlandés que se llamaba William Brown, en honor al Almirante Brown, y justo dio la causalidad de que sus abuelos eran del mismo pueblo que el almirante. Me invitó la segunda ronda. Creo que pagué la tercera. De la cuarta ya no me acuerdo quien rindió pleitesía. Y así, entre la música a todo volumen, Whiskey Irlandés, y un sentido patriótico compartido (los irlandeses son anti ingleses), dos colegas gastronómicos, propietarios de bares irlandeses geolocalizados en algún lugar remoto del mundo, coincidían en que era el momento de compartir.

La hora final de electricidad en la isla se aproximaba. El DJ manejaba muy bien los tiempos y minutos antes de que se termine la magia, bajó el volumen a mínimo. Esperó el silencio de la gente. Y cuando todos habían entendido que la sentencia final estaba por llegar, le dio play a “Where the Streets have no name”, de U2.

No solo era una canción de redención irlandesa, también era el nombre del bar de mi amigo irlandés.

Gili Island Trawangan, donde las calles no tienen nombre.
 


Recomendación personal: Si aún nos queda una sana y económica forma de viajar, no es ni más ni menos que a través de los sentidos. Solo hay que darse maña y utilizar la inventiva.

Una play list con la música del lugar. Una receta de comida y un Cocktail reinterpretados por nosotros mismos. La ambientación de un espacio de casa con objetos de decoración (adornos, mantas, alfombras, velas, individuales, manteles, cuencos, etc). Nos transportará sin escalas a ese destino / cultura, que tanto anhelamos volver o descubrir.

Seamos felices mientras podamos!!!  

Pescadito a la sartén con aceite de coco:
Hacelo como más te guste (frito o al horno; solo, apanado o en tempura), pero no escatimes en el uso del aceite de coco….es lo que le va a aportar el aroma y el sabor de la Gili Island.

Filet de pescado (merluza, abadejo, salmón o el que gustes).

6 cucharas de aceite de coco.

Un par de dientes de ajo. 

1 ají verde entero (solo para aromatizar el aceite).

Poné la sartén en el fuego. Agregale el aceite de coco. Los dientes de ajo y el ají. Salpimentá el pescado. Cuando el aceite se haya infusionado con el ajo y el ají, ponés con cuidado los filetes de pescado. Con una cucara vas sacando el aceite de la sartén y se lo vas poniendo por encima del filet. Repetí esta operación infinitas veces. Cuando esté doradito, lo das vuelta con cuidado y lo tapás para asegurarte de que salga bien cocido.

Guarnición recomendada (acompáñalo con algo sencillo. Que no tape el gusto del pescado.)

Arroz blanco o papas / vegetales al vapor. Con manteca, pimienta negra recién molida y ralladura de lima o limón. Podes aderezar el arroz con salsa de soja y coronar con semillas de sésamo. 

Ensalada de hojas verdes, cherrys y cebolla morada (desflemada). Aderezo de limón y aceite de oliva. Con aceite de sésamo queda muy bien y terminas con semillas.

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