Gero, o Deus da ilha

(Por Fausto Manrique) Habían pasado muchos años, tal vez más de ocho, sin haberme podido tomar vacaciones. Mi cabeza estaba a punto de implosionar y mi espíritu a punto de despegarse de mi cuerpo. Era necesario despejarme y alejarme un rato de todo, aunque sea tan solo por un par de días. 

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Soy un fiel creyente religioso de la Ley de la Atracción y de lo que en dicha ley se estipula, según Wikipedia: La ley de la atracción es la creencia pseudocientífica de que los pensamientos influyen sobre las vidas de las personas, argumentando que dichos pensamientos son unidades de vibraciones activas que devolverán a la persona una onda energética similar a la emitida.

Sentado en mi escritorio y con la computadora abierta recibo el llamado de mi amigo Ñeñe quien me comenta que se acababa de sacar un pasaje a Brasil, acto reflejo le pregunté el nombre de la aerolínea, número de vuelo y el número de asiento. Mientras él me contaba la idea de su viaje yo navegaba por la página de la empresa aérea, y cuando mi amigo terminó con su monólogo, yo ya tenía la confirmación del asiento a su lado en el avión.

Brasil, Río de Janeiro, mi primer viaje al exterior en modo solitario y sin vaticinar el desenlace de mi autobiografía, ese viaje sería el disparador emocional para una concatenación de repetidas visitas al distrito Carioca. 

Tomamos un Bus desde la estación central de Río de Janeiro con destino a Angra Dos Reis, para luego tomar un ferri con destino a la Bahía do Abraão en Ilha Grande.

Eran tiempos de poca búsqueda en internet y básicamente uno se movía y/o reservaba por recomendados de amigos, viajeros y de amigos-viajeros.

Nuestro Hostel resultó estar perfectamente enclavado sobre la mismísima playa de la Bahía de Abraão o de Abraham. Puerta de entrada de Ilha Grande o Isla Grande. Una bahía calma y tranquila, serpenteada de arena beige, con palmeras y tupido follaje de fondo, repleta de veleritos aparcados meceándose por un imperceptible oleaje.

El Che Lagarto, estratégicamente ubicado en uno de los extremos de la playa, se edificaba sobre una especie de escollera de rocas que se erguía desde las profundidades del océano. Un deck de madera balconeaba el acantilado y te permitía tener una vista 360 grados de toda la bahía, oficializado como el mirador de amaneceres y atardeceres. Sin dudas, el paraíso estaba a nuestros pies.

Pasando de un plano más espiritual a uno más personal, es importante comentarles que tengo un problema con el dormir más de cinco horas por noche. Aprendiendo a convivir con esto en el correr de los años, debo admitir que me he convertido en una especie de ser anticipadamente diurno, que ocupa espacios y realiza actividades antes de que el febo se asome y antes de que el gallo cante el amanecer.

Como buen madrugador, debo de admitir que padezco el no poder dormir por más tiempo que el deseado o por lo menos empardarme con el primero que se despierte de la familia. Lo cierto es que no puedo quedarme por más tiempo, luego de abrir los ojos, en la cama. La almohada comienza a practicarme una especie de interrogatorio de juicio final con un detector de mentiras incorporado. Es en vano darle pelea, a la almohada no se le puede mentir. Por este motivo cada vez que abro los ojos, me haya acostado a la hora que me haya acostado y en el estado que me haya acostado, debo salir disparado en búsqueda de una ducha de agua caliente, del play list de la mañana y del desayuno, en este caso, del desayuno del hostel.

El desayuno se servía entre las ocho y las diez de la mañana, y lo cierto es que los turistas no arrancaban por el desayuno hasta avanzadas las nueve.

Día domingo, como dicen los gringos: for family and church.

Me doy cita en el salón desayunador  en búsqueda de mi dosis de café brasilero y percibo que ni siquiera el recepcionista, ni las chicas de la limpieza, ni la gente de mantenimiento, ni ningún otro turista adelantado de la mañana como yo, estaban en el mismo plano vital. El hostel estaba desolado del personal que lo ocupaba, asistía y/o administraba.

Percibo a través de las cortinas del salón una luz fosforescentemente naranja. Tanto me llama la atención que me dirijo, casi como poseído, hasta la fuente de emisión. Me paro frente a los paños de totora, comienzo a enrollarlos y como por un acto divino, como por un regalo de Deus, me encuentro con el amanecer en la bahía. Corro la persiana de vidrio, atravieso el deck de madera y me paro en la baranda con los brazos abiertos, como Kate Winslet en Titanic, capitalizando y absorbiendo cada uno de los rayos del sol. Somos 100% energía pensé y así me quede por un prologando periodo de tiempo. Si tuviese que ponerle música a ese momento, hubiese elegido: Down in the river to pray (cambiando river por sea).

As I went down in the sea to pray
Studying about that good ol' way
And who shall wear the starry crown
Good Lord, show me the way

O sisters, let's go down
Let's go down, come on down
O sisters, let's go down
Down in the sea to pray……

De pronto, en el mar, a solo unos cien metros de distancia de donde yo me encontraba, en uno de los barquinhos, se levanta una escotilla y resurgen unos rulos castaños claros revueltos propios de una pelea con la almohada. A continuación de los pelos, emerge un pibe de unos 25 años con el torso descubierto, se sienta sobre la proa del barco en posición de meditación y ahí se queda por unos quince minutos, luego se reincorpora, se estira, elonga, tuerce la columna para un costado y luego para el otro, se vuelve a poner de pie y saluda al sol con una especie de reverencia oriental y cuando pensé que ya lo había visto todo, se arroja al mar y comienza a brasear en dirección a donde yo estaba, en dirección al deck del hostel.

Lo acompaño con mi mirada hasta la orilla y cuando llega a las piedras, se sujeta de una cuerda que bajaba desde el piso entablonado y comienza a escalar por las rocas hasta que se termina colgando de la baranda, me mira y me dice – “Bom dia, Eu sou Gero”- y me estira la mano para que lo ayude a subir. Una vez arriba del deck, agita los rulos como un perro mojado, toma una toalla que estaba sobre una de las reposeras, se seca y me dice en un portuñol aporteñado – “¿você está esperando para o café da manhã?”-, sí, sí, respondo tímido, - “ok, ok, em alguns minutos vou servir-lhe o melhor pequeno-almoço da ilha”-.

Lo que vendría a continuación sería el armado de uno de los mejores desayunos que he tenido la posibilidad de disfrutar. Ni continental, ni americano. “Puta que pario”, un verdadero desayuno Carioca, Carioca de Isla, de Isla Grande.

Cito un pasaje de la biblia, dado que en Isla Grande fue fundada la segunda iglesia Católica del Continente Americano: 2 Corintios 12:3-4.-

Conozco a tal hombre (si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe) que fue arrebatado al paraíso, y escuchó palabras inefables que al hombre no se le permite expresar.

Y así cada domingo, a modo de homenajear la calidad de vida de Gero, armo la mesa del desayuno para disfrutar en familia, pongo una play list de música brasilera que arranca con Barquinho de Ronaldo Bôscoli Roberto Menescal. Seamos felices mientras podamos y aunque sea solo por un momento, viajemos con la mente, los sabores y el espíritu a Isla Grande.

Quem madruga, Deus ajuda / Deus ajuda quem cedo madruga. Fica con Deus.

Recomendaciones para armar tu desayuno de Isla:

  1. Elegí todas las frutas de estación que te sean posible conseguir o comprar y armá fruteras o platos o bandejas (frutillas, bananas, manzanas rojas y verdes, duraznos, cerezas, rodajas de melón y sandia, mango, anana etc).
  2. Yogurt, cereales, frutos secos, da igual (este paso se puede evitar).
  3. Prepapará café molido (recomiendo la cafetera italiana o filtro o lo que tengas).
  4. Prepapará huevos revueltos / pasados por agua / duros o como te pinten.
  5. Poné fetas de queso y jamón.
  6. Unas buenas tostadas de pan casero.
  7. Palta, cherrys, aceite de oliva, sal y pimienta.
  8. Buscá en Spotify la play list de Mariano Dorfman “Música Brasilera para disfrutar en cuarentena”. Mariano es un tipo al que quiero mucho y admiro y además es un creativo publicitario fanático de Brasil y de su cultura.

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