La Maison de la Rute

(Por Fausto Manrique) Hay una estación del año que tenés que tener en cuenta si tu viaje o destino tiene que ver, más con visitar una ciudad del continente Europeo, que con estar tirado en la playa. Sin duda, las ciudades del viejo mundo están cargadas de contenido: arte y arquitectura; historia y religión; museos y teatros; parques y plazas; y mucho, mucho, mucho, del origen de nuestra gastronomía.

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Nunca mejor pensada que la primavera, para disfrutar de todo lo que Europa tiene para dar. La primavera con vos. Y siempre es una buena idea, ¡Paris en primavera!…….siempre y cuando, no te llueva.

Tomamos el Metro con rumbo a Trocadero. Moverte en subte en Paris facilita mucho el traslado y puede resultar ser una de las experiencias más cosmopolitas vividas. Vuelvo a confirmar que los países son de quienes los habitan. Una mixología de culturas convive dentro de esos vagones. Por dentro modernos, por fuera artísticamente grafiteados. Resguardados por catacumbas revestidas con azulejos rectangulares blancos con pastina negra (los hoy, tan de moda, azulejos Subway).  Pakistaníes, africanos, orientales, rusos, checos, turistas, punks, tatuados, skaters, de traje, elegantes, desfachatados, negras, afros, modelos, negras afros modelos de tacos agujas. Niños con uniformes de colegio, abuelitas con el carro del súper, actores y músicos a la gorra. Todos nos mecíamos al compás del sonido del tren en consonancia con el golpeteo de las vías. Un gran gusano ciego que va surcando, por antagónico que resulte, la ciudad de las luces.

Un paraguas de, casi, papel de cohete comprado a un inmigrante Senegalés, oficializó del típico toldito francés a nuestra visita y caminata por los jardines de Champ de Mars. Esos jardines con esos ligustros y ligustrinas perfectamente podadas que solo los franceses son capaces de hacer. El Campo de Marte, es el parque situado a los pies de la Torre Eiffel, la locación perfecta para tomarte la selfie con la torre de fondo y también es el sitio adecuado para el picnic, el brunch o el mate argento….siempre y cuando, no te llueva.

Intentando que las inclemencias climáticas no afectaran nuestro cronograma de viaje, aprovechamos para hacer alguna que otra iglesia, catedral y museo. Hasta antes del incendio de Notre Dame, Paris era sin duda el símbolo vigente de la capital arquitectónica del estilo Gótico, caracterizado por el uso del arco apuntado u ojival, y del que se deriva la bóveda de crucería o bóveda nervada.

Tengo que sincerarme, la lluvia le aportaba al Gótico lo que Notre Dame a la ciudad. La postal de las gárgolas aladas escupiendo agua por sus bocas, era casi Renacentista.

Como aún teníamos algo de tiempo para alguna otra visita ocasional a algún sitio de interés, decidimos partir rumbo al cementerio Père Lachaise. Paris, estilo Gótico, gárgolas, quimeras, lluvia y cementerio….la cosa se empezaba a poner escalofriante.

Con intenciones de visitar los sepulcros de Édith Piaf, del Cyrano de Bergerac, de Oscar Wilde, de Chopin, de Isadora Duncan entre otros muchos conocidos de la historia, nos topamos casi por casualidad con la tumba del norteamericano Jim Morrison, cantante de The Doors y parafraseando casi inconsciente y naturalmente “come on baby, light my fire”, como por arte de magia blanca, dejó de llover y los rayos de sol de apoco comenzaron a iluminar las ofrendas de un cementerio cargado de leyendas, de leyendas del arte.

El Hotel quedaba cerca y aún nos quedaba la actividad nocturna. Debo reconocer que tratar de hacer Paris en un primer viaje, se puede convertir en una aventura maratónica.

Caminamos a paso rápido, aparentando ser locales. Pero para ser locales, no era solo una cuestión de actitud, también nos faltaba algo del ser y parecer: una baguete envuelta en papel madera o un ramo de flores o una botella de vino o una porción de queso o todas las anteriores.

Baño francés. “Vamos que no llegamos, la función comienza a las 22 hs y estamos del otro lado de la ciudad”. “¡Tranquilo, que llegamos!”…… siempre y cuando, no te llueva.

“Taxi, taxi, taxi, taxi, taxi y la merde”. Una misma lluvia que se intensificaba por momentos. “Huuu que hambre tengo, espero que el show incluya la cena”. “¡No, no, no! Nuestra reserva es sin comida, solo espectáculo”. “¡Va te faire foutre!”

Finalmente un Taxi Parisino piloteado por un Turquish, se apiade de nosotros. A modo de orden imperativa le pasamos la coordenadas correctas de nuestro destino nocturno: “al Moulin Rouge s'il vous plait”.

Formales para la ocasión y respetando el outfit indicado. De camisa y zapatos, algo mojados y con nuestro paragüitas de papel de cohete, yacíamos en las escalinatas de la entrada del teatro.

No estábamos solos. Mil turistas esperando entrar a la misma función. Todos agolpados tratando de resguardarnos bajo el mismo techo. Nos mojábamos aún más y la lluvia no cedía, al contrario, se incrementaba. De pronto se abre la puerta del teatro y sale el acomodador de impecable frak y galera. En un inglés parecido al mío, nos dice, “por problemas técnicos, la función de las 22 hs se posterga una hora más”. “¿Huuuu y et maintenant que faisons-nous?”

“Ok, ok no problem”. “Vamos a buscar algo para picar, a comer algo por favor”.

El paragüitas Senegalés aún resistía los avatares de una lluvia que no daba tregua. Caminamos hasta la esquina, sin saber a dónde ir. Doblamos a la izquierda, cruzamos la calle y nos paramos debajo de un toldo acebrado. Mirábamos para todos lados y no encontrábamos ni un Capri, ni un Trento, ni un Mepiache. “Caminemos hasta la otra esquina a lo mejor hay algún restaurante, un restaurante francés de esquina”.

Y como por maldición divina, una ráfaga de viento nos dio vueltas el paraguas y nos expuso a las fuerzas de la naturaleza. Nuestra umbrela se había convertido en un espadín de esgrima dispuesto a sacarle el ojo a algún franchute. Abatidos, empapados, lo más parecido a los perros de la película la dama y el vagabundo, ahí nos quedamos. Escapándonos de la lluvia torrencial bajo la marquesina de una especie de Quiosco.

Como quien no quiere la cosa, miramos para adentro y vemos un saloncito. Pienso en voz alta: “¿y si entremos acá?” Asintiendo con la cabeza y sin demasiadas alternativas para someter a debate, decidimos guarecernos en esa especie de barcito-drugstore-francés de perfecto diseño Nac & Pop. Sin pretensiones en la decoración. Luces bajas, sillas de caño, mesas de melanina,  videos musicales, con gente negra, girando en un par de Lcds. Posters de B. B. King, Eric Clapton, Jimi Hendrix, Stevie Ray Vaughan, y los Doors. Me llamo la atención que de fondo sonaba Jimmy Reed con Big Boss Man. En ese momento me pregunto a mi mismo, “cuál era la temática de este bar”.

Nos acercan la carta y nos recomiendan los platos del día. Pregunto si salen rápido y en un spanfrench nos dan a entender que la cocina estaba por cerrar, que los cocineros se querían ir, y que no deberían demorarse más de 17 minutos. “Ok, parfait parfait”.

Pedimos una 1664 y una Demon, para probar dos estilos diferentes de cervezas locales y cuando aún nos estábamos secando el pelo con las servilletas de papel, aparece nuestra comida.

Sin dudas….El futuro es incierto, y el final está siempre cerca….diría mi amigo James Douglas Morrison, porque lo que acabábamos de probar, era la oda a la comida francesa. 

En este modesto quiosco Blusero, nos acababan de servir las mejores costeletas de cordero que jamás probamos en “toute la vie”, “magnifique”.

Citando a Anton Ego, de la película Ratatouille, voy a decir sólo, que esa comida y su creador,  desafiaron mis prejuicios sobre la buena cocina y hasta subestimé la realidad con la que me podía encontrar.

Sin ganas de pedir la cuenta,  y con muchas ganas de pedirnos un “volcán au chocolat”, ya no nos quedaban minutos en la cartuchera. La función del Moulin Rouge estaba por comenzar y el Blues no paraba de sonar….. y casi por un acto de espiritismo post diluvio, se dieron cita, en alma y voz, Los The Doors, con su Roadhouse Blues, La Maison de la Rute.

Y así, habiendo recibido la eucaristía del gran Jim Morrison, ya nos podíamos retirar en paz de ese modesto templito del Blues Parisino.

Si la música es el alimento del amor, ¡que siga sonando! (frase del Último Tango en Paris 1972)

Receta de costeletas de cordero (pueden ser costeletas de cerdo)

Adobá las costeletas con aceite de oliva, sal entre fina y pimienta negra recién molida. Plancha bien caliente, tratando de que se haga costrita por fuera y que quede “bleu”  por dentro (bien jugoso).

Acompañalas con unas papas cuñas con cascara, fritas o al horno (las famosas french fries).

Con queso crema neutro, prepara un pastita con jugo de limón, aceite de oliva, sal, pimienta y muchas hojas de menta. Servilo a cucharadas y mojá la Costeleta de cordero en esta salsa de queso acida y menta. La vie est une seule. Seamos felices mientras podamos.

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