La Patagonia Mendocina

(Por Fausto Manrique) Un viejo amigo me dijo una vez: si estás mal o si tenés cosas que no te dejan dormir, no vayás al psicólogo… andate a la montaña y cuando regreses tomá decisiones. 

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Me llaman los amigos de Kahuak Turismo y me invitan a un “site inspection” por Malargüe…..si hay alguien que se reinventó en esta cuarentena, esos son los amigos de Kahuak con los programas de turismo para mendocinos: “Kahuak en movimiento”.

Acepto inmediatamente y me pongo manos a la obra a organizar mi equipo de montaña. Pienso: Malargüe es sin dudas la Patagonia Mendocina y el clima puede ser un tanto hostil.

Botas de trekking, polar, gorro de lana, campera, rompeviento, térmicos, la ropa para la bici, bolsa de dormir de pluma, aislante y los elementos necesario para una de las cosas que más me gusta hacer en esta vida: cocinar en la montaña!!!  Condimentos, aceite de oliva, quesos y fiambres, sartenes, disco, pinchos, parrilla, etc. y algunas bebidas para maridar los momentos que estábamos por vivir: gin, vermut, fernet, algún single malt, vinos y cerveza artesanal.

Partimos por la nueva ruta 40 y en 3 hs ya estábamos en Malargüe visitando los Castillos de Pincheira.

Luego de un pequeño trekking por las formaciones geológicas, nos estábamos sentando a almorzar en el restaurante del camping para disfrutar de la modalidad Malargüina de “Chivo libre a la llama”.  –“¿Donde firmo?”- dijo el más adulto de los tres – “Me quiero quedar a vivir acá”-.

Posterior al almuerzo, continuamos nuestro viaje en dirección sur con el objetivo de sumergirnos en las aguas termales del Cajón Grande. Decidimos hacer el tramo que va desde la ruta 40 hasta las termas en bicicleta. Inhalando aire puro y exhalando aire viciado de la ciudad  mientras disfrutábamos del paisaje, para luego reconfortar nuestros músculos y espíritu en un piletón de piedra de agua caliente.

Retomamos a la ruta en el vehículo de apoyo y nos dirigimos al pueblo de Bardas Blancas y de ahí tomamos la ruta 145 que une Malargüe con el Poblado de Talca del lado chileno. Hicimos aduana en el Paso Pehuenche y continuamos hacia el oeste serpenteando el Río Grande para finalmente llegar, justos con el atardecer, al Campamento del “Real del Pehuenche”.

El Campamento de Domos está perfectamente enclavado entre montañas y a orillas de un arroyo de deshielo que va generando un par de cascadas en sus nacientes.

La soledad y la tranquilidad del lugar, los Domos amarillos, el color rojizo de las montañas y la inmensidad del cielo azulado, te hacen sentir que sos Matt Damon en The Martian (Misión Rescate)….las vacas, los caballos y las ovejas pastando te hacen caer en la realidad que no es el espacio: es el planeta Tierra, es Sudamérica, es Argentina, es Mendoza, es Malargüe, es Real del Pehuenche.

Nos avisan que la cena está servida y nada mejor para una bienvenida en el “Domo Comedor” que un asado preparado en un horno chileno. La entradita de morcilla le daba la presentación al vacio, a las costillas de vaca y a los chorizos caseros. El principal no terminaba solo, el postre lo era todo: bananas con mouse de dulce de leche y chips de chocolate negro.

La energía de los paneles solares llegaba a su fin y conforme se apagaban las luces se encendían las velas y el cielo se llenaba de estrellas. La noche se amenizó con vinos de Argentina y con vinos Chilenos. Las anécdotas de viajes, de relatos de supervivencia, de geografía, de historia y de modelos de negocio se extinguían con las brazas de la estufa a leña.  Era el momento de dirigirnos a nuestro “Domo Dormitorio” para ocupar nuestra cama y protegernos de la conciencia dentro de nuestras bolsas de dormir. El día 1 llegaba a su fin mientras los ojos se cerraban y el repaso mental arrojaba un saldo de por más positivo.

Los primeros rayos solares le aportarían la claridad al valle, la misma que oficializaría de despertador.

El desayuno de campeones ya estaba servido: Café con leche, ensaladas de frutas, mermeladas caseras, pancakes de chocolate y galletas de avena recién horneadas. Sin dudas esta mesa nos hizo sentir afortunados, pero desayunar esto en la montaña nos hizo sentir de por más agasajados.

Nos esperaba recorrer un circuito de Mountain Bike combinado con un Trekking a las cascadas, de intensidad media y sin olvidarnos que estábamos a 2.500 m.s.n.m. La vista al valle, el aire fresco en la cara y el agua mineral recuperada de una vertiente, nos iría aportando energías al desgaste físico.

A lo lejos y sin perder nunca de vista el campamento, la chimenea del “Domo Cocina” nos enviaba la señal de que el almuerzo se estaba cociendo a fuego lento. Coronaríamos las actividades de aventura de la mañana con unas “Truchas en Papillote” con vegetales al horno. Truchas pescadas por el “Gran Lucho” en la laguna del Maule. El mejor adobo para disfrutar del sabor de los salmónidos es la combinación perfecta de: manteca, ajo, pimienta negra recién molida y sal…el famoso: butter, garlic and black pepper.

Como despedirnos de este lugar sin antes tomarnos una foto grupal con los CRACKS que hacen posible que la montaña se pueda disfrutar sin la necesidad de pasarla mal…..prometo: nos volveremos a ver….

Nuestro plan continuaba y entre mates, charla, risas y Reggae retomábamos por la Ruta 40  con destino al Valle de las Leñas, para luego ascender por un camino precario de montaña hasta el mirador de Valle Hermoso.

Las mandíbulas por el piso. Los adjetivos calificativos positivos serían pocos para describir la inmensidad y belleza de este Valle en el medio de la Cordillera de los Andes. No existe en el mundo otro naiming de marca que pueda nombrar de otra manera al Valle, al Valle Hermoso.

Bajamos las bicis en el mirador, ajustamos nuestros cascos y comenzamos con nuestro descenso campo traviesa en dirección a la laguna del valle. El éxtasis era el resultado de la formula de mezclar paisaje, velocidad, técnica y adrenalina. Festejamos nuestra bajada con aullidos chamánicos que solo las montañas podían escuchar y que solo el viento podía aplacar. 

El sol, en el oeste, comenzaba a esconderse detrás de las montañas divisorias que separan Chile de Argentina. En este momento era necesario comenzar con el armado de nuestra carpa para pasar la noche. La idea era seguir en el modo “plan 100% naturaleza” o por lo menos sin gente alrededor donde otros eligen la música por nosotros.

Nuestro point de acampe estaba perfectamente geo-lacalizado y las condiciones eran más que óptimas, eran perfectas: soledad, sin la intervención del ser humano, reparados del viento, buena vista y agua a disposición….el lugar es uno de los secretos mejor guardados de los amigos de Kahuak.

El viento dejó de soplar. La carpa ya estaba en pie. El armado de la pirca reparaba el fuego que comenzaba a animar los cuerpos y la parrilla. El día se coronó noche. Las costeletas de 4 cm de espesor fumaban el humo de la leña de algarrobo. La picada de quesos y fiambres se lucia sobre una mesa de camping. El Vistalba Corte C ascendería a la B para luego consagrarse con el A.  Los huevos fritos se montarían a caballo de la carne ahumada. El pan casero rompería con la promiscuidad de una yema jugosa. Unos tomates mendocinos con aceite de oliva, sal gruesa y orégano de San Carlos le aportarían frescura a las grasas de las capitales. El frío nos dio tregua. La ausencia absoluta de nubes nos libero la vista a las estrellas, a la vía láctea y a las constelaciones. Las bolsas de dormir nunca entraron a la carpa. El vivac nos hizo sentir que somos minúsculos y que la utopía de la felicidad no está en las pequeñas cosas……(se las dejó para el final).

Al tercer día, resucite entre los que dormían, me levanté primero, lavé mis pecados en la lagunita y decidí agasajar a mis anfitriones. Comencé con la preparación del desayuno de despedida: huevos revueltos, tabla de quesos, pan tostado salteado con manteca (unas french toast improvisadas) y Café Blend Italiano preparado en una cafetera de la misma nacionalidad del Blend.

Las gaviotas blancas de alas negras merodeaban la laguna en el mismo plan que nosotros, obtener su desayuno.

Desarmar el campamento no solo es un acto de necesidad, sino que además es un hecho de aceptación. El cronograma estaba llegando a su fin.

Vehículo de apoyo y un último tramo en bicicleta para no dejar el final del Valle Hermoso sin conocer.

Un camino consolidado, con pendiente positiva cruzando arroyos y ríos de deshielo, enmarcado entre formaciones rocosas, custodiado por gaviotas y pajaritos de colores. No lo sabía, pero eran la antesala a una parada técnica para hidratar y comer algunos frutos secos con una última sorpresa: descubrir una caverna con un río subterráneo.

El viaje llegaba a su fin y no nos podíamos volver sin antes darnos un chapuzón de despedida en el río Tordillo, un río que se consagra como uno de los favoritos para los amantes de la pesca con mosca.

El regreso a casa se hizo inminente. El cerebro, aún, va analizando y seleccionando las imágenes recopiladas de acuerdo a la apertura de la retina y al encrespado de la piel. Sin dudas este tipo de aventuras se maduran en el tiempo y concluyo: La felicidad no está las pequeñas cosas, está en las experiencias vividas en la montaña.

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