The brothers be united

(Por Fausto Manrique) 5:00 hs am, a un rato de dar comienzo un nuevo día de principios de diciembre. No era verano, pero el clima estaba templado y húmedo con una neblina espesa. Latitud 33, misma latitud que Mendoza, pero del otro lado del océano. Similitudes geográficas, pero con influencia de vientos provenientes del mar, mejor dicho, proveniente de dos mares: Atlántico e Índico.

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Un taxista de color negro, negro violeta, al cual no le entendimos ni una palabra de su inglés. Una tarjeta con el nombre del Hotel bastó para apretar el acelerador de un Mercedes Benz clásico, blanco, modelo 80’.-

Once idiomas oficiales y ocho idiomas informales reconocidos como idiomas nacionales, por lejos el país con mayor número de lenguas habladas del mundo.

El camino del aeropuerto al hotel, es similar al camino que va desde el Aeropuerto Internacional de Galeão en Río de Janeiro a Ipanema. Autopistas cercadas por alambrados y del otro lado, un mundo suburbano carente de ostentosidad, lujo y calidad de vida.

Construcciones precarias y muros venidos a menos repletos de grafitis con mensajes sociales que piden a gritos: FREEDOM.

Pensábamos que la caducidad de la Ley del Aparthei en 1992 había reconstruido una nación segregada en “un todo”, donde negros y blancos convivían armónicamente bajo la unificación de razas bendecidos por un animal con forma de gacela.

Sin dudas, serán necesarios muchos años futuros para que la declaración de principios, del Gran Madiba, se haga realidad.

Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión.

La Table Mountain se comenzaba a iluminar como una especie de telón que nos ocultaba la otra mitad de la ciudad,  el avance territorial de un país y la inmensidad de un continente.

Un cartel en la ruta, mal trecho y despintado, con la frase: Welcome to Africa.

Arribamos al hotel ubicado cerca del Waterfront; una bahía con puerto; una pequeña City financiera, con bancos, oficinas, tiendas de moda, restaurantes y bares. Una especie de Puerto Madero, pero con una mayor actividad comercial.

Nuestra habitación aún no estaba lista,  pero el desayuno ya se servía en el restaurante / jardín del hotel. Un hotel colonial con impronta Portuguesa. Un jardín tupido con diversidad de especies de palmeras y plantas de colores. En el medio del patio una fuente de agua de estilo renacentista con un pez tallado que escupía agua por la boca. Sonaba música Chill Out con base afro y el personal del hotel, todos negros excepto el gerente, se movían al ritmo de los bongos y  de los timbales.

El aire olía distinto, repleto de aromas especiados y la canela era la protagonista.

Huevos revueltos, panceta, frijoles negros, salchichas parrilleras, queso fresco de cabra, café africano (un trip), panes afrancesados, frutas conocidas y frutas exóticas como el buoy (también llamada pan de mono, más parecida a un melón con el sabor de una frutilla) y el kiwano (de la familia del pepino con un interior muy carnoso y con un sabor algo cítrico parecido a la lima-limón de Astica).

-“This is Africa, this is us”-, me dice al pasar el jefe de los mozos de salón….debe de haber visto mi mandíbula por el piso, tratando de asimilar la composición fotográfica de ese espacio al aire libre cargado de mixturas y estímulos naturales.

Desayuno de campeones, ¡ready to go!. Era momento de subir la Table Mountain con sus 1.086 metros sobre el nivel del mar (ganadora en el 2.011 como una de las siete maravillas del mundo) para así coronar la vista completa, desde lo alto, al continente africano.

Desde la recepción del hotel recomiendan que solo tomemos taxis oficiales contratados por el personal. Aceptamos las recomendaciones. El coche ya estaba esperando por nosotros. Una especie de Peugeot 404, alicaído por el paso del tiempo, con un conductor del estilo de Don Ramón pero de piel negra, negra, negra. Entre el mal estado de conservación del auto y el conductor desnutrido, se estaciona un Porsche 911 plateado, abre la puerta y se baja el doble de Jason Statham vestido de, impecable, traje negro; zapatos de punta cuadrada y reloj Cartier con diamantes. Pienso: This is Africa, too.

Antes de llegar a la base de la Montaña Mesa, el auto ya se había descompuesto en tres oportunidades distintas, a lo que en la última, tuve que solidarizarme con la causa y, por motus propio, me baje a empujar. Don Ramón no lo podía creer, los ojos se le hicieron lunas y los dientes, incluidos los de oro y el del espacio libre, se le hicieron luz: un hombre blanco empujando el auto de un hombre negro.

No hubo caso, el auto no arranco más, y por ende, decidimos subir a pie la cuesta del camino.   

Luego de obtener el ticket al funicular, hacer la fila rodeado de turistas de todo el mundo y llegar a la cima plana de la montaña, nos encontramos con una vista panorámica y privilegiada de la ciudad y del puerto de Cape Town, una ciudad portuaria ubicada en la costa oeste de Sudáfrica.

Sudáfrica vendría siendo el país más occidentalizado del continente africano, con lo bueno y lo malo que eso trae aparejado, convirtiéndose en una nación de oportunidades, o de mayor desigualdad, para el resto de los países del continente. Podríamos afirmar que es el país más cosmopolita de ciudadanos de piel negra: violetas, ocres, marrones claros, marrones oscuros, negros plenos, morochos y blanqueados.

Decidimos realizar un trekking por la cima de la montaña con la intención de poder ver el océano atlántico en uno de los extremos y el océano indico en el extremo opuesto,  llevándonos además la sorpresa que del otro lado de la montaña la ciudad se presentaba en modo desértico, la vista continental era interminable, siendo este el punto exacto para levantar un cachorro de león y gritar a los cuatro vientos: Nants ingonyama begithi Baba (en idioma Zulú), Here comes a lion, Father (en inglés), o la parafraseada argenta: Haaaa cigüeña gecomishi mamáaaa.

Pasado el medio día, con un clima por momentos soleado y por momentos nublado, partimos hacia el centro de la ciudad en pos de buscar un lugar para almorzar o más bien merendar.

La suerte africana estaba echada y en la base de la Table Mountain había una parada del City Sightseeing, este tipo de bus turístico del que ya les he comentado en algún otro cuento, que te permite subir y bajar en distintas paradas y así llevarte un pantallazo general de la ciudad en  un par de horas.

Los alrededores al centro de la ciudad, no estaban exentos de las diferencias clasistas que aún existen en la comunidad. Las paradas de colectivos, en aquel momento, aún poseían los carteles que indicaban la formación de las filas de acuerdo al color de piel (el comentario fue de que las preservaban para que el pueblo no olvidara el pasado repudiado). Construcciones modernas revestidas en pieles de cristal le iban ganando lugar a la arquitectura Victoriana y a algunas pocas construcciones precarias que aún quedan en pie en el down town de Cape Town.

Mapa en mano, fuimos tras los pasos de los artesanos africanos a visitarlos a una especie de museo con tienda de venta de objetos de arte, moda, alhajas y decoración.

El museo y las salas de exposición ocupaban cada recoveco de un viejo edificio de cuatro pisos de vieja estilo Victoriano. Cada habitación era un viaje a un rincón del continente africano: Namibia, Botswana, Simbawe, el Congo, Angola, Burkina Faso, Burundí, Camerún, Etiopía, Ghana, Kenya, Madagascar, Senegal, Uganda, Zaire, Zambia, etc, etc, etc. Enlisto países y no puedo dejar de pensar en lo mucho que me queda por viajar. Las muestras eran oficializadas por un miembro de cada comunidad, vestidos con los atuendos propios de sus culturas. Algunos tocaban música, otros tejían en telares, otros tallaban, otros comían y otros dormían en el suelo sobre las alfombras que estaban a la venta. ¡Un piñazo cultural!. Caminábamos lento, por los pasillos entablonados que rechinaban a cada paso, con mucho respeto, casi sin pronunciar palabras, ni sonidos que alteraran la paz espiritual de la casa de las artes. Entrabamos en cada espacio, extasiábamos la mirada y salíamos anonadados y es ahí justo, cuando a la salida de una de las habitaciones, alguien nos increpa y nos dice –“Hola, buenaz tardez, bienvenidoz”-; Plop, al mejor estilo Condorito.

El interlocutor se llamaba Teodoro, tocayo del presidente, su presidente, de Guinea Ecuatorial, el único país de habla Hispana del continente africano.  Un hombre de unos 30 años, de color de piel negra amorronada clara, de 1,65 m de altura, de ojos alegres, de rulos apretados y pequeños, de pantalón de lino ancho gastado, de sandalias de cuero, de musculosa blanca ceñida al cuerpo y camisa manga corta por encima de la musculosa, un morral tejido de estilo aguayo le cruzaba por el cuello. Hablaba sereno, pausado y se tomaba su tiempo para hacernos sentir bien recibidos, nos acompañó por cada una de las habitaciones que nos quedaban por recorrer, oficializando de traductor y de interlocutor.  

El recorrido asistido terminaría en el 1er piso, al final de un pasillo, en lo que sería una tienda de antigüedades / café / bar.

Ya desde el palier de la escalera se podía identificar a un viejo reproductor de cinta donde sonaba David Carroll and his Orchestra. Conforme avanzamos sobre el deseo de una merienda, cruzamos el marco de la puerta de entrada al palacio africano de los cachivaches. Los objetos de colección se atesoraban como elementos de decoración del bar. Todo tenía precio y todo se podía comprar. Entre admiración y sorpresa fuimos recorriendo las estanterías y serpenteando las mesas, hasta que llegamos al balcón con vista frontal a la calle, ideal para ver a los sudafricanos pasar, lo mismo que estaban haciendo un par estatuas de madera que representaban personas de color. Plantas, velas, lámparas, máscaras talladas, telas de colores con motivos africanos,  oficializaban de la decoración del balcón del cafetín. Buscamos donde sentarnos y como por presunción divina, sobre una de las mesas bajas del café, ahí nos esperaba reposando bajo la sombra del Ombú, un libro del Martín Fierro con tapas de cuero y editado en Inglés en perfecto estado de conservación.

Sellaría una tarde de hermandad con nuestro guía personal, Teodoro de Guinea Ecuatorial, ahora nosotros, los argentinos, le podíamos devolver algo de su gentileza compartiendo algunos de los versos escrito por José Hernandez.

Brothers be united
because that is the first law;
have they a truthfull union
any time it may be,
bacause if they fight among themselves
will they be devoured by those from outside.

Sin dudas, la lectura se comparte, ya sea con una copa de Pinotage (vino tinto sudafricano) o con un simple café con leche como se puede apreciar en la foto.

“Si yo tuviera el tiempo en mis manos haría lo mismo otra vez. Lo mismo que haría cualquier hombre que se atreva a llamarse a sí mismo hombre”. Nelson Mandela.

Parafraseando a Mandela y con el respeto y admiración que se merece, digo:

“Si yo tuviera el tiempo en mis manos y el cambio del dólar me favoreciera, haría lo mismo otra vez. Lo mismo que haría cualquier hombre que se atreva a llamarse a sí mismo Viajero”.  

“Volvería a Sudáfrica”.

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