Construye robots y crea fintech, el niño mendocino que ya vive en el futuro

Solo tiene 10 años. Lee libros de tecnología, construye proyectos con impresora 3D y ganó el 2do. puesto en el Ideathon de Vendimia Tech 2026 con LoriCoin, una app de educación financiera para chicos.

En un contexto donde la tecnología redefine a diario la forma en que aprendemos, trabajamos y nos vinculamos, hay historias que parecen adelantarse varios pasos. La de Roberto “Betito” Bascuñán Garello es una de ellas. Tiene apenas 10 años, cursa quinto grado y ya se mueve con naturalidad en un universo donde conviven la inteligencia artificial, la impresión 3D, las criptomonedas y la exploración espacial.

Su nombre comenzó a resonar con fuerza tras su participación en el Ideathon de Vendimia Tech 2026, un evento que reunió a más de 60 equipos y cerca de 2.000 personas de distintos puntos de la región. Allí, junto a su equipo Cerro Hellfire, Betito presentó LoriCoin, una aplicación de educación financiera pensada para chicos, que combina moneda digital, blockchain e inteligencia artificial con herramientas de control parental. El proyecto no solo sorprendió por su claridad conceptual, sino también por su viabilidad: obtuvo el segundo puesto en el track de blockchain.

Pero el logro, lejos de ser un hecho aislado, es parte de un recorrido que comenzó mucho antes. Betito forma parte de una nueva generación de “makers”: chicos que no solo consumen tecnología, sino que la crean. Su curiosidad lo llevó a leer desde pequeño libros de ciencia y futuro —por fuera del ámbito escolar— y a convertir ese conocimiento en proyectos concretos.

Uno de sus primeros hitos fue la construcción de una colección de cohetes espaciales hechos con materiales reciclables, inspirados en modelos reales como los de SpaceX y Blue Origin. Tenía apenas 7 años cuando los presentó en una exposición de The Mars Society Argentina, frente a un público mayoritariamente adulto.

Hoy, ese impulso creativo se traduce en nuevos desafíos. Mientras continúa desarrollando LoriCoin, trabaja en la construcción de un robot R2-D2 de 60 centímetros, impreso en 3D y programado con Arduino para moverse de manera autónoma. El proyecto, que le demandó meses de trabajo, refleja una lógica de aprendizaje basada en la experimentación constante.

Lejos de la imagen del “niño prodigio” desconectado de su entorno, Betito mantiene una mirada simple y genuina sobre lo que hace. Habla de “buildear” —como aprendió a llamar al proceso de crear— con entusiasmo, pero también con una claridad poco habitual: seguir explorando, aprender y, al mismo tiempo, disfrutar de ser chico.

En su recorrido, el acompañamiento familiar aparece como un pilar clave. Sus padres han sido parte activa del proceso, al igual que su primo Joaquín Soto, integrante de su equipo. Esa red de apoyo explica, en parte, cómo una inquietud individual logra transformarse en proyectos con impacto real.

La historia de Betito no es solo la de un chico con talento. Es también un reflejo de un cambio más profundo: el acceso temprano al conocimiento, la democratización de herramientas tecnológicas y la posibilidad de que nuevas generaciones participen en discusiones que antes parecían reservadas a especialistas.

En un mundo que avanza a velocidad exponencial, Betito no espera el futuro. Lo construye.

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