El día que conocí a Diego Armando

(Por Fausto Manrique) Siempre me han atraído las grandes capitales y soy de la idea que para conocer la cultura vigente de un país es necesario convivir, aunque sean solo un par de días, con los símbolos y personajes que se presentan como testigos fieles de lo que una ciudad tiene para mostrarnos.

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Si tomáramos el futbol como punto de partida, es probable que toda la humanidad identifique el nombre una ciudad por el nombre de alguno de sus estadios y así podríamos unir, por ejemplo, la Bombonera con Buenos Aires, el Maracaná con Río de Janeiro; el Bernabeu con Madrid, Parque de los Príncipes con Francia y el Estadio Azteca con México.

Sin dudas, de todos los estadios nombrados anteriormente, el más importante para la historia Argentina, y para los argentinos, es el Estadio Azteca en Ciudad de México. No está de más aclarar, que por aquel icónico triunfo del 3 a 2 sobre Alemania, el 29 de Junio de 1986, nos consagraríamos campeones del Mundo de la mano de Diego Armando Maradona.

Hemos tenido la suerte de poder visitar México en repetidas oportunidades y no les puedo explicar, al menos en este cuento, la cantidad de veces que nos han sometido a intensos interrogatorios, sin nosotros ser muy devotos del futbol, de las diferencias de estilos y compromisos que distan a Messi de Maradona.

México, sin lugar a cuestionamientos, debe de ser uno de los países más Maradonianos del Mundo Mundial. Ojo que hablo de países y no de ciudades, como por ejemplo el caso de Nápoles en Italia.

Volviendo sobre el tema de los símbolos identitarios de las capitales o de las ciudades, para los que nos gusta viajar, suelen ser el nombre de sus aeropuertos. De esta manera podríamos jugar a unir aeropuertos con ciudades, como por ejemplo: JFK con Nueva York;  Arturo Merino Benítez con Santiago de Chile; Oliver Reginald Tambo con Johannesburgo, y así podríamos estar todo el día.  

El aeropuerto Internacional Benito Juárez (suena parecido al de Chile) es el aeropuerto internacional para la Ciudad de México o Distrito Federal y debe de ser uno de los aeropuertos más militarizados que hemos conocido en nuestra corta vida de viajeros.

Siendo más precavidos, que de costumbre, nos preocupamos en llegar cuatro horas antes a la hora de partida de nuestro vuelo: México DF – Santiago de Chile.

Terminal 2, vuelos internacionales, nos dirigimos al mostrador de LAN y por nuestra antelación en el horario, es que fuimos los primeros en la fila.

-“¿Buenas tardes, como están?. –“Pasaportes por favor”.- -“¡perfecto!”.- -“Les comento que tenemos nuestro vuelo a Santiago de Chile sobrevendido y queríamos ofrecerles anotarlos como pasajeros voluntarios, para que otros, ocupen su lugar”-. -“A cambio de esto les abonaríamos setecientos dólares por persona en vouchers, para que luego puedan canjearlo en algún otro momento, para algún otro viaje”.- Para mis adentros, pensaba que este accionar de las aerolíneas era más mito que realidad, por ende, nos vimos impulsados en aceptar de manera categórica sin antes preguntar por el Hotel, las comidas y la reprogramación del vuelo. –“Despreocúpense que está todo incluido, es más, el hotel queda aquí mismo, en el 4to piso del Aeropuerto y mañana a la misma hora deberían tomar su vuelo de regreso con destino final a Mendoza”-.

Tomamos nuestros vouchers, estiramos la manija de las valijas y nos dirigimos a disfrutar de una noche paga, en un cuatro estrellas ejecutivo, con comidas, bebidas y un pseudo pasaje de avión de setecientos dólares para usar en un futuro no muy lejano.

Al día siguiente, nos despertamos temprano, desayunamos, hicimos el check out y con un poco más de tiempo libre fuimos hasta el zócalo de la ciudad, en búsqueda de alguna otra cosa material que seguro no necesitábamos. Aprovechamos para pasar por el histórico “Café Tacuba”, el cual le dá el nombre a la banda de música, y de paso, para echarnos nuestras botanitas.

Regresamos al aeropuerto. Pasamos a retirar nuestras maletas por el locker del hotel y así nos dirigimos, por segunda vez, al mostrador de LAN. Lo cierto es que estábamos bastantes relajados, ya que teníamos nuestras butacas asignadas con anterioridad, por ende, tengo que ser muy sincero: llegamos sobre la hora.

La cola para el despacho del equipaje estaba, por demás, sobrecargada. La fila avanzaba a paso lento, con algunos reclamos y quejas de mis compañeros de vuelo. En ese ínterin, la avaricia rompe el saco, y se me ocurre preguntar si podíamos anotarnos como pasajeros voluntarios, again. Nos responden que sí, pero que el cupo ya estaba completo y que quedábamos como los suplentes de los suplentes.

Sin demasiadas esperanzas, ya dábamos por sentado nuestro regreso a Mendoza y la magia del humo de los “un mil cuatrocientos dólares”, ahora se había desvanecido a los primeros setecientos.-

Despachamos nuestros equipajes y vamos para la zona de embarque. Vuelvo a ratificar que el aeropuerto del DF es uno de los aeropuertos donde más controles aeroportuarios hemos tenido que soportar: desde sacarse los zapatos, las medias, el cinturón; hasta abrir las mochilas por más que el escáner no detecto nada;  y sumado a esto te realizan una breve, pero certera, encuesta: donde viajan, de donde vienen, con quien viajan, etc., etc.

Ya en la sala de embarque, anuncian el la partida del vuelo de LAN con destino a Santiago de Chile.  

Nos comenzamos a enlistar ordenadamente y de pronto escuchamos nuestros nombres por los altoparlantes. Nos llamaban desde el mostrador que estaba a solo cinco metros de nosotros. Levantamos la mano y nos piden que nos salgamos de la fila y es cuando una chica de la aerolínea nos pide por favor que sedamos nuestras butacas y que a cambio de esto, el ofrecimiento seguía siendo el mismo que el día anterior: setecientos dólares en vouchers por persona, hotel y comidas incluidas.

El plan original comenzaba a enderezarse y tomar el mismo rumbo. Aceptamos rápidamente y nos solicitan que esperemos a un costado hasta que todo el vuelo pudiese embarcar, para así luego,  acompañarnos a buscar nuestras maletas.

Debo admitir que la espera, se hizo un tanto lenta y tediosa y que por momentos nos vimos abandonados a la buena de Dios y que luego de preguntar por tercera vez, uno de los empleados de LAN se ofrece a guiarnos, pensando que nuestro equipaje iba a estar detrás de algún mostrador de la compañía.

Caminábamos en contra mano de los miles de pasajeros en tránsito, mirando los perfumes y licores de los free shops y pensando que íbamos a hacer con esos un mil cuatrocientos dólares.-

Llegamos a la zona de escáneres, el empleado de LAN habla con un supervisor y nos hacen pasar por otro pasillo, hasta que llegamos a un gran escáner, una especie de cabina fotográfica, y ahí dentro, nos tuvieron por un buen rato. Luego una especie de Policía de la DEA nos pide que lo acompañáramos.  Y así,  recorriendo pasillos internos, abriendo y cerrando puertas con tarjetas magnéticas, nos dimos cuenta que estábamos siendo custodiados más que acompañados.

Finalmente se abre una puerta y aparecemos en la zona de arribos. Pensando que nuestras valijas podían estar en las cintas giratorias, nos piden que vayamos hasta una puerta baja, del estilo de una puerta de servicio al costado de dichas cintas. Golpeamos firme y contundente para sobrepasar los propios ruidos del aeropuerto y desde adentro alguien empuja. Se asoma la cabeza y medio cuerpo de un militar  recargado de equipamiento táctico de guerra. No estaba solo, atrás de él, había un ovejero alemán que nos mostraba los colmillos.  Nos pide los pasaportes, los tickets de nuestras maletas y nos pregunta que –“¿porque nos bajamos del avión?”- Le explicamos que nunca subimos y a continuación todo el relato del pasajero voluntario. Su cara me decía que no nos creía mucho nuestra historia. Cierra la puerta, y se enciende la cinta y aparecen nuestras valijas, y arriba de la misma cinta, el mismísimo militar y su perro lobo. El tipo media 1,90 y ya todos saben, que yo no supero el 1,70. Se baja de la cinta al mismo tiempo que yo bajo las valijas. Me pide que las abra, una por vez y solo una persona podía tocar las maletas. Abro la primera valija, explotada de ropa sucia, regalos, suvenires y recuerdos, y sin mediar palabra mete al can adiestrado adentro de la misma. El perro escarbaba la ropa, rompía los envoltorios de los regalos, caminaba por encima de la valija abierta y se volvía cada vez más loco. Me pide que abra la segunda valija, y la misma situación con el choco. Nos pide que nos pongamos contra la pared y nos cachea,  y nos dice: listo, pueden retirarse.

Que estrés por Dios, temblábamos de la situación, éramos perfectos inocentes pero hasta en algún punto nos presumíamos culpables.

Como pudimos cerramos nuestras maletas y comenzamos la retirada con destino al hotel del aeropuerto. Hasta que llegamos a otro escáner y como buen argento quisimos pasar por el costado intentando explicar que ya nos habían revisado. No señor, por aquí todo pasa por el escáner. Y claro, nuestra actitud debe de haber activado algún código amarillo. Acatando las órdenes, ponemos el equipaje en la cinta y cuando pasa por el monitor, adelanta y atrasan la cinta, llaman al oficial y nos piden que nos hagamos a un costado. Y nos piden que volvamos a abrir las maletas y ahora con guantes blancos de latex, nos sacan los regalosy nos preguntan –“¿por qué estaban rotos los envoltorios y en que vuelo habíamos arribado?”.- Otra vez a explicar que no habíamos tomado ningún vuelo, que solo habíamos venido al aeropuerto a pasear y a ver si nos regalaban setecientos dolares en vouchers para las próximas vacaciones. Basta, queríamos llorar. –“Ok ok, está todo en orden”-. –“Bienvenidos a México”-. Naaaaaaa ya estábamos en México.

Nos fuimos a dormir sin comer, sin disftutar los free pass de la cena, sin casi emitir una palabra, pero con otro voucher de setecientos dólares. ¿Había valido la pena tanto estrés?

Día tres dentro del Aeropuerto del DF. Ya éramos uno más del staff que desempeñaba funciones dentro de esa gran burbuja aeroespacial.

Resignados, sin ganas siquiera de salir de la habitación, volvemos a hacer check out del hotel y prometemos: ¡NO VOLVER!. Hacemos tiempo dentro del mismo aeropuerto, leyendo, escuchando música, mirando las vidrieras de las tiendas, las cuales ya conocíamos de memoria. Hasta que se hace la hora de la siesta y por ende, el horario de nuestro vuelo.

Nos dirigimos nuevamente al mostrador de Lan. Llegamos, ni primeros, ni últimos, pero con intenciones claras de cruzar la zona de embarque. Ahora sí, nos queríamos ir de México, queríamos llegar a nuestra casa, a nuestras cosas, a nuestra cama, a nuestro baño.

Una vez en la fila, mirando la gente pasar y tratando de reconocer tonadas argentas, escuchamos que alguien nos llama por nuestros nombres. Mirábamos para todos lados y desde el mostrador, un empleado de la aerolínea nos hacía además para que vayamos caminando hasta él. Nos hacemos los reverendos desentendidos, mirando para todos lados, y preguntando: “¿quien se llama Magdalena o Fausto Manrique?”. No se dio por vencido, y agarrando el micrófono, nos llama por los altoparlantes. A esta altura ya no podíamos disimular. Pidiendo permiso y saliendo de la fila con nuestras maletas, llegamos hasta el mostrador a puro empuje. Nos mira a los ojos, y nos dice: -“por favor quédense otra noche más”-. –“Les volvemos a dar otros setecientos dólares en tickets, otra noche de hotel, todas las comidas gratis y mañana si o si viajan de regreso, como que me llamo Diego Armando”-. Nos debe de haber visto nuestras caras repletas de dudas y por ende levanta la apuesta. –“Mañana viajan en primera clase”-. Aún en shock por el ofrecimiento y sorprendido por el nombre de pila de este nuevo amigo mexicano, es que decidimos sin mucho debate, aceptar tamaño ofrecimiento, con la única condición de que nuestras maletas no embarcasen. –“Tranquilos, tranquilos”-. -“De acá mismo, se van al hotel”-. OK ok ok, perfecto, pero contame, “¿porqué te llamas Diego Armando?”.

Y así, mientras preparaba nuestros cheques, nos relataba la siguiente historia de devoción:

-“Resulta que el 29 de Junio de 1986, mi padre ticket en mano para ver la final del mundial, debería cambiar el rumbo de su viaje al estadio Azteca por el camino que lo llevaría al Hospital del DF. Mi madre, con un embarazo complicado, acababa de romper bolsa. No había muchas esperanzas de que yo naciera. Sin embargo, en la sala de espera de maternidad un viejo televisor mostraba el partido en silencio. Mi padre le rezaba a Dios y al Diego, y minutos después de que Argentina se coronara Campeona del Mundo, mi padre, por un milagro de D10S, se convertiría en padre primerizo”.-

Este es un pequeño homenaje a todos los hinchas que esta semana perdieron a su ídolo máximo y como aquel padre Mexicano, que en más de una oportunidad le ha pedido y le ha rezado a D10S y que esté, entre gambetas y jueguitos con la pelota, les ha cumplido con la promesa.

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