Entre Santos y Demonios

(Por Fausto Manrique) “A la salud de ustedes mis carnales y que esta noche gane el mejor”, dijo el más alto y guapo de los cuatro, mientras llevaba el caballito repleto de Mezcal al cielo. Los cuatro shots se chocaron al punto de romperse, emulando a He-man en el “Por el poder de Grayskull”.

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El Mezcal, artesanal sin gusano, fue el lubricante perfecto para el conjunto de cuerdas vocales, sin imaginar que al final de la jornada el estado afónico iba a ser el fiel indicador de una noche de arengas.

Desde la parte alta y “posh” de la ciudad, con rumbo a la parte baja y humilde, del Estado Libre y Soberano de Puebla.

Puebla de Zaragoza en México, comparte similares características con la provincia de Córdoba en Argentina. Ambas ciudades se localizan en lo que vendría siendo el ombligo de cada una de las repúblicas en cuestión. Tanto Puebla como Córdoba amalgaman el mestizaje entre lo colonial y lo moderno, entre la pobreza y el desarrollado, entre las costumbres y los modismos, entre los rituales religiosos y las creencias populares. Resultando ser, salvando las distancias o la cercanía con EEUU, importantísimos polos económicos, logísticos, industriales y metalmecánicos.

Los Poblanos afirman, que Puebla es el principal destino turístico de México, sin mar.

Algunos Cordobeses afirman, que como Córdoba, no hay otra igual.

Cuatro pinches güeros (de tez blanca), de apellido español, separados al nacer y unidos por el amor de una misma mujer. Una mujer mendocina, también de apellido español, fanática de Frida, de los tacos al pastor, del punto y coma, del mole poblano, de los chiles en nogada, de la Liz, de la Pam, de la Fa, de la Banda y de la cultura Mexicana.

Partimos eufóricos y soltando agravios: Pinche, culero y mamador. Como si se tratase de la final entre un River-Boca; un Talleres-Belgrano; un San Martín de San Juan-Godoy Cruz; entre la Lepra y el Lobo; o entre el Puebla y el América. Partimos arriba de un descapotable con la loneta completamente rebatida, sin parabrisas, ni ventanillas. Con los brazos por afuera del auto, como cuatros tipos rudos, cuatro “gandallas” escuchando Hip Hop y Rap en Spanglish. Sonaba Cypress Hill con Loco en el Coco; Orishas con Atrevido; Control Machete con ¿Comprendes, Mendes?; Molotov con Gimme tha power; Plastilina Mosh con Mr P-Mosh y el infaltable Delinquent Habits con Tres Delinquentes.

El auto imponía respeto, alabanza y algo de temor. Un cabriolet malo, malo, malo. No era un Mustang, no era un Corvette, y muchos menos, un Cadillac funebrero enchulado con flamas al costado de las puertas. Partimos en un  Volkswagen Safari modelo 1980, amarillo patito, restaurado a 0 km. Una especie de Mehari de colección, pero de chapa. Un verdadero carruaje 100% pura vida. Surfeando la autopista a 60 km por hora. Nosotros cuatro. Cuatro tipos rudos de cotillón, listos para dar pelea. Pero lo cierto es que: ¡perro que ladra, no muerde! y ¡los gandallas, no batallan!.

Complicado para encontrar parking y eso que tomamos la precaución de salir con tiempo en pos de aparcar cercano al Arena. En Puebla también existen las sociedades anónimas, de tipos sanos que protegen y cuidan los carros de terceros, sin provocarle ningún tipo de daño, a cambio de una módica suma de dinero, y con el fin de que disfrutes sin preocupaciones, cualquier tipo de  evento deportivo. Muy sencillo para identificarlos, utilizan una gamuza o rejilla a modo de distintivo.

Las calles estaban plagadas de simpatizantes, fanáticos, hinchas, barras bravas y FAMILIAS.

Como en mis cuentos anteriores, recomiendo: que a donde fueres; haz lo que vieres. Todos los asistentes al espectáculo tenían algo de comida o bebida en sus manos, además de banderas, pancartas, remeras y caretas. Todos se estaban “echando sus botanitas”.

Vamos por las nuestras, vamos a lo de Don Joaquín Pardavé, un doble idéntico, al mítico actor mexicano. “Que hay de nuevo Don Joaquín”, así lo llaman todos sus clientes. Casi como un doble de Luis Brandoni que se puso un carro choripanero en la puerta de algún estadio de futbol.

“Lo mesmo e’ sempre mi chavo, a poco, uste ya le sabe”. “Camarone pa’ pelar; pescado frito solo pa’ valientes, burritos, quesaillas, enchilaas, y las famosas y aclamadas Cemitas Pardavé”. ¿Como dijo? ¿Cemitas? “Sí, sí mi chavo, ¡Cemitas!”. Y a mi casi se me pianta un lagrimón. Un sanjuanino perdido en Puebla-México que le ofrecen comerse una cemita antes de entrar al estadio, aunque la duda me inundaba de olor a chile poblano. Debo reconocer que la comida callejera en México está dentro del top ten de las cosas que tenés que hacer antes de pasar al día de los muertos.

Fue uno los pinches momentos gastronómicos más chidos y chingones de mi vida. Una CEMITA POBLANA. Una especie de hamburgesandwich de milanga frita de pierna de cerdo, freída en el mismo aceite de los camarones y del pescado para valientes. Un pan con la textura de un brioche o de pan de hamburguesa, de unos 10 cm de diámetro, con semillas de sésamo por encima. En el relleno, además de la milanesa, lleva queso Oaxaqueño fresco deshebrado (no existe ese tipo de queso en Argentina, pero sería como el queso fresco Chileno en hebras), aros de cebolla morada, palta, hojas de pápalo (párrafo aparte), aceite de oliva, sal y salsa roja o salsa chipotle (párrafo aparte 1).

Párrafo aparte: El pápalo es el nombre de una planta que deriva del náhuatl “Papalotl” el cual significa mariposa, esto debido a la apariencia y similitud de las hojas verdes del pápalo con las alas de una mariposa. Con un sinfín de propiedades antioxidantes, minerales esenciales, calcio, hierro, riboflavina, retinol, acido ascórbico, fósforo, etc, etc, etc. ¡Lo más parecido al berro en amargor y en poder curativo!

Párrafo aparte 1: Salsa roja o chipotle. El mismo método de elaboración que nuestro y aclamado Chimichurri de cancha. Mucho de esto que pica y un poco de aquello que es más suave, conservado al rayo del sol y recargado en el mismo pouch que aún conserva la “salsa madre original”. En definitiva, igual de radiactivo, pero mucho más picante.

Panza llena, corazón contento, comenzamos a seguir a la muchedumbre que caminaban en la misma dirección. A poco menos de una cuadra, ya veíamos la entrada del Arena de Puebla, un galpón / estadio, exclusivo para brindar espectáculos de lucha libre, lucha libre Mexicana.

Sillas de plásticos numeradas alrededor del cuadrilátero, plateas, palcos, balcones y gradas abarrotadas de fanáticos y seguidores de “Los Técnicos y de Los Rudos”. Los Técnicos, son los luchadores que respetan a rajatabla las reglas y las normas. No se les ocurre lastimar al oponente y mucho menos rasgarle la máscara. Por otra parte, Los Rudos, son los que no respetan las reglas, no les importa el aplauso de la afición. Los abucheos son su aliciente sobre el ring. Su único objetivo es acabar con su rival sin importarle que pueda perder la lucha.

Esa noche, de un día de semana cualquiera, se daban cita sobre el ring: El Santo, el Cavernario, el Blue Demon, Bulldog, Místico, Carístico, Máscara Sagrada, Aluche, El Porky, Octagón, Atlantis, La Parka, Satánico y Tirantes, este último uno de los personajes fundamentales para el desempeño de la actividad: el referí del encuentro.

Cada uno con su respectiva máscara, cada uno con su capa, su calza o zunga, cada uno con su personificación, cada uno con su club de fans, cada uno respetando su papel dentro del show.

Se apagan las luces del estadio, la gente enardecida, y Tirantes da la bienvenida al encuentro:

“Respetaaaaable públicoooo, daaaaamas y caaaaballeros, chavoooosss y chavassss, Buenasssss Nocheeeees…….Wellcome to The Arena Puebla”

En la oscuridad absoluta, comienza a salir humo de todos los rincones y el iluminador enciende el flash intermitente. Al unisonó el musicalizador pone Thriller de Michael Jackson a todo volumen. 

Se escuchan los aullidos de la canción, y a esta altura de la noche, yo ya era un Poblano más.

Tirantes vuelve a agarrar el micrófono que baja desde el techo, se suben tenuemente las luces y retoma con la presentación: “lucharaaaaaan a 2 de 3 caidas sin limite de tiempo”. “En esta esquina el Santo y el Cabernario y en esta otra Blue Demon y el Bulldooooggggg”.

Y sin mediar otra línea del protocolo, se comenzaron a propiciar llaves y golpes; quebradoras y hurracarranas; pierrotazos y torniquetes;  martinetes y helicópteros.

La gente estaba eufórica, no paraban de arengar o abuchear a sus luchadores amados u odiados. Los insultos se daban a troche y moche, y no importaba la edad de quien lo propiciaba, si niños, adultos o ancianos; si mujeres o varones; si yo o el de al lado. Si estabas en “el bote”, tenías que lanzarte con tus palabrotas: no seas pendejo, no seas llorón, metele la Wilson, metele la Nelson, la quebradora y el tirabuzón, quítate el candado, pícale los ojos, jálale los pelos, sácale la máscara, sácalo del ring, mátalo.

Entre lo absurdo y lo bizarro, entre lo cultural y lo guionado, entre los dioses, santos y demonios, aun me sigo preguntando, si esa lucha libre mexicana fue tan real como esa sándwich de “Cemita” o si fue una escena de una película de Alejandro González Iñárritu.

En definitiva, afirmo que para ser felices, en algo tenemos que creer.

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